Después de la operación, llegó el momento de dar un paso más en nuestro camino hacia la maternidad: los tratamientos de fertilidad. La única opción que nos quedaba era la fecundación in vitro (FIV), un proceso lleno de esperanza, nervios y, al mismo tiempo, miedo.
Comenzamos con la estimulación ovárica, una etapa marcada por visitas constantes, análisis y controles. Cuando llegó el día de la punción, tenía el corazón en un puño. Solo pensaba en si alguno de los óvulos llegaría al día de la transferencia. Finalmente, solo uno lo consiguió.
El día de la transferencia fue mágico. Ver en el ecógrafo ese pequeño embrión que nos acercaba a nuestro sueño fue indescriptible. Para algunos puede parecer solo un paso más, pero para nosotros fue un momento cargado de emoción, un recordatorio de que todo el esfuerzo había valido la pena.
Luego llegó la espera. La famosa beta espera. Quizá la parte más dura. Cada sensación en mi cuerpo se convertía en una señal que intentaba descifrar. ¿Estará implantando? ¿Será esta vez? Buscaba respuestas en cada rincón de Internet, me hacía test antes de tiempo, analizaba cada sombra en el resultado… pero no veía nada.
Finalmente, llegó el día del análisis de sangre. El resultado fue negativo. Aunque todos me decían que era normal que no funcionara a la primera, no podía evitar sentir una profunda tristeza. Por dentro, pensaba: “¿Por qué no puede salir algo bien por una vez?”
Aun así, entendí que cada intento nos enseñaba algo. Que cada paso, aunque doloroso, nos acercaba a nuestro objetivo. Y que la esperanza, aunque frágil, seguía viva.
> En el próximo capítulo te contaré cómo la fibromialgia apareció en mi vida y cómo empecé a entenderla, aunque aún sigo aprendiendo a convivir con ella.
Lamento mucho que el primer intento no saliera bien pero la esperanza es lo único que no se pierde y vosotros alcanzaréis vuestro sueño. Mucho ánimo.
Cómo dices aunque fue un momento muy doloroso, hay que seguir adelante y pensar en positivo para que alcanceis vuestra meta.
Mucho ánimo