Relato complementario: El día de mi boda

Antes de seguir adelante con mi historia, quiero abrir un paréntesis y detenerme en uno de los días más importantes de mi vida: mi boda. Ya lo mencioné en el capítulo anterior, pero hay momentos que merecen ser contados con calma, porque son esos recuerdos los que se guardan en el corazón para siempre.

Como manda la tradición, la noche anterior no la pasé junto a mi futuro marido. Me fui a dormir a casa de mis padres y, aunque intenté descansar, apenas pude pegar ojo. A las seis de la mañana ya estaba despierta, con los nervios y la ilusión revoloteando dentro de mí.

Esa mañana comenzó con carreras y sonrisas. Mi madre y yo fuimos muy temprano a la peluquería, mientras mi padre se marchaba al hotel para terminar de preparar la mesa dulce que había organizado con tanto cariño. El fotógrafo estaba con mi futuro marido, captando sus primeros momentos con su familia, y luego llegó a casa de mis padres para inmortalizar mis momentos más íntimos: mi madre ayudándome a vestirme, las bromas con mis amigas, fotos con la familia, las fotos serias y las más divertidas.

A medida que la hora se acercaba, los nervios aumentaban. Mi primo fue quien me llevó en coche hasta la iglesia, mi sobrina —a la que adoro— llevaba los anillos, mi padre me acompañó al altar y mi madre, como siempre, no dejó que faltara ni un solo detalle. Mi hermano, mi gran apoyo, mi cuñada  y mis amigas, las de siempre, las que nunca fallan, estaban allí, igual que la familia y los amigos que quisieron compartir ese momento.

Mi futuro marido me esperaba junto a su madre. Aunque decía que no se ponía nervioso, lo estaba. Yo, como toda novia que se precie, tampoco llegué puntual. (¿qué novia lo hace? 😅). En la puerta me aguardaba mi abuela, y su cara al verme vestida de blanco fue de esos instantes que se guardan en el corazón para siempre.

Entré del brazo de mi padre, recorriendo el pasillo de la iglesia mientras veía a mí ya casi marido sonriéndome al final del camino. La ceremonia transcurrió entre emoción y promesas, hasta que llegó el esperado: “el novio puede besar a la novia”. El cura nos había advertido que debía ser un beso pequeño, pero a mí marido se le olvidó por completo la recomendación, y no me soltaba… arrancando risas entre todos los presentes.

Después llegaron las fotos familiares, el arroz en la puerta y una preciosa sesión de fotos en el castillo, donde cada imagen parecía sacada de un sueño. Ya en el hotel, nos unimos a nuestros invitados para la comida y el baile. Apenas pude comer de la emoción, pero disfruté cada instante. Recuerdo que terminé usando tres pares de zapatos distintos: los de novia, unas espardeñas que mi madre había forrado con la tela del vestido, y otro par para aguantar hasta la madrugada en la discoteca.

Mi madre, que siempre ha sido una artista, me sorprendió con un bolsito hecho con la misma tela de mi vestido. Lo improvisó días antes, cuando le dije que no tenía ninguno que combinara. Era tan perfecto que parecía parte del conjunto desde el principio.

También hubo momentos previos que me marcaron. El vestido fue una anécdota: Faltaban seis meses para la boda y yo todavía no tenía vestido. Todos me decían que estaba loca, que no me daría tiempo, y un día me fui con mi madre a la aventura. En la primera tienda que visitamos encontré mi vestido. Lo mejor fue poder llevar a mi abuela a una prueba especial solo para ella. Recuerdo cómo empezó a llorar antes incluso de verme con él puesto. Esa emoción la sigo sintiendo aún hoy.

Mi abuela, que estaba delicada y vivía en una residencia, también me dejó otra anécdota. Un día, mientras íbamos a tomarnos algo, me dijo:

-Maria Teresa, ¿el día de tu boda vas a venir vestida de novia a recogerme?

 Reí y le respondí:

-No, ese día te lleva Paco (un chico que trabajaba en la residencia y mi abuela adoraba), y estará contigo para lo que necesites.

Ella sonrió tranquila, sabiendo que no estaría sola.

Y así fue mi gran día. Porque ese día, cada detalle, cada gesto, cada mirada, construyeron un recuerdo que no se mide en lujo ni en grandeza, sino en amor y complicidad. Mi boda no fue enorme, pero fue mía, nuestra, y por eso fue perfecta.

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