Justo antes de comenzar el siguiente tratamiento, recibimos una noticia devastadora: a mi padre le habían detectado un tumor cerebral. Fueron tres meses de lucha, de pruebas, de esperas, de miedo. Aunque nos aferrábamos a la esperanza, sabíamos que posiblemente aquella sería su última Navidad. Aun así, queríamos creer que habría más. Yo tenía una ilusión muy clara: que el día de Nochebuena pudiera llevar una buena noticia a casa de mi madre. Que en medio de tanto dolor, pudiéramos celebrar algo bonito. Que esa noche, aunque difícil, tuviera un motivo para sonreír. Durante ese tiempo, me hicieron la transferencia. Las señales eran distintas, pero no quería hacerme ilusiones. La beta coincidía con los días previos a Navidad, y yo soñaba con poder compartir un “estoy embarazada” en la cena. Compramos un test, y esta vez, para nuestra sorpresa… marcaba embarazada. No podíamos creerlo. Nos abrazamos, lloramos, nos ilusionamos. Algo empezaba a salir bien. No íbamos a contar nada, pero no pudimos esperar. Llamamos a la familia para dar la noticia. Era como un rayo de luz en medio de tanta oscuridad. Pero cuando llegó el día del análisis de sangre, los valores eran muy bajos. Había sido un aborto bioquímico. Otro jarro de agua fría. No podía parar de llorar. Tuvimos que avisar que lo habíamos perdido. Llegó la Nochebuena. Disfrutamos de la cena, temiendo que pudiera ser la última con mi padre. El día de Navidad vino la familia a casa, y al día siguiente él volvió a ingresar. Pasó allí la Nochevieja. Mi madre no se separó ni un minuto de él. Cada día empeoraba. Era una espera insoportable, porque sabíamos que en cualquier momento podía llegar ese día. Y llegó. A mí me cogió de camino al hospital. Diez minutos me separaron de poder decirle adiós. Esos diez minutos me persiguen desde aquel 11 de enero de 2024. Aunque estuve con él en sus últimos días, aunque compartimos momentos, no haber estado en ese instante me duele profundamente. Me arrepiento de no haber salido antes, de no haberle cogido la mano como lo hicieron mi madre y mi hermano. Desde entonces, empecé a descuidarme. Me dejé llevar. Engordé. Me alejé de todo. Pero en algún rincón de mí, seguía viva la promesa de que volvería a luchar por nuestro sueño. > En el próximo capítulo te contaré cómo, después de todo lo vivido, decidí volver a levantarme. Cómo empecé a cuidarme de nuevo, y cómo sigo construyendo la vida que siempre he soñado.
Tiene que haber sido el momento más duro de tú vida y lo siento mucho, esperemos que en tú futuro todo sean buenos momentos.
No podemos imaginar lo que tiene que ser perder a un ser querido en tan poco tiempo y pasar por un aborto bioquímico. Eres una luchadora y os merecéis toda la felicidad del mundo.